Isabel Tallos ( Madrid, 1983) Nos presenta su obra "Inhabitadas"
La espera como ejercicio existencial.
Una de las escenas más sublimes de la película El espejo de Andrei Tarkovsky nos presenta a una mujer esperando la llegada de su marido. Cuentan que durante el rodaje la actriz no conocía el desenlace de la escena, ella tenía que esperar, simplemente esperar.
El director no le había dicho si su marido, ausente durante varios años, iba a aparecer en algún momento o no.
La genial Margarita Terekhova nos brinda una interpretación extraordinaria, apoyada en una valla, frente a un camino que se abre hacia el campo abierto, proyecta la espera al nivel absoluto. No tiene ninguna expectativa. La espera se desprende de su dimensión temporal; ni ella, ni los espectadores, tenemos referencia de cuándo comenzó la espera ni de cuándo va a terminar. Nuestra atención es incapaz de desprenderse de esas imágenes, que
nos absorben completamente, elevándonos a ese espacio atemporal.
La genial Margarita Terekhova nos brinda una interpretación extraordinaria, apoyada en una valla, frente a un camino que se abre hacia el campo abierto, proyecta la espera al nivel absoluto. No tiene ninguna expectativa. La espera se desprende de su dimensión temporal; ni ella, ni los espectadores, tenemos referencia de cuándo comenzó la espera ni de cuándo va a terminar. Nuestra atención es incapaz de desprenderse de esas imágenes, que
nos absorben completamente, elevándonos a ese espacio atemporal.
Cuando la espera se realiza como ejercicio existencial, el acto puro de esperar se convierte en la única razón del ser. Los aspectos meramente accidentales como: a quién o qué se espera, desde cuándo o hasta cuándo se va a esperar, dejan de tener importancia. La espera, infinitamente destilada, participa de una paradójica soledad. El sujeto se encuentra sólo, pero no es una soledad desgarradora, es la soledad del que atiende pasivamente la venida. Ese abandono a la espera permite la quietud y la armonía.
Las estaciones de tren parecen construidas exclusivamente para esperar. La vías son la frontera entre el sujeto y su esperanza. Orientan la atención evitando que la vista se dirija hacia cualquier otro lugar. Cuando se espera en una estación, los demás viajeros son meros elementos prescindibles, de la misma manera que el mobiliario y decoración del edificio.
En las estaciones nos encontramos siempre solos, aunque eternamente rodeados.
Las estaciones de tren parecen construidas exclusivamente para esperar. La vías son la frontera entre el sujeto y su esperanza. Orientan la atención evitando que la vista se dirija hacia cualquier otro lugar. Cuando se espera en una estación, los demás viajeros son meros elementos prescindibles, de la misma manera que el mobiliario y decoración del edificio.
En las estaciones nos encontramos siempre solos, aunque eternamente rodeados.
El universo subjetivo del que espera es un espacio despojado, como las estancias de Inhabitadas. Estas son fruto de la simbiosis entre esas estaciones, lugares idílicos de la espera, y celdas, lugares de clausura y recogimiento. Las instantáneas tratan de capturar el
acto puro de espera, elevándolo a una categoría cuasireligiosa.
Imperios de quietud, imperios de esperanza.


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